Una raqueta de tenis y tres pelotas en un cuadro de Tiépolo.

Viniendo yo de la exposición de los Realistas Madrileños en el Thyssen y de la que hablaré otro día (me pareció algo flojilla), me animé a ver la segunda planta de la colección permanente del museo y así quitarme el sinsabor que ésta me dejó.

Sabido es que el Thyssen, al igual que todos los grandes museos, es inabarcable en una sola jornada. Así que pensé que lo mejor que podía hacer era centrarme en una época concreta y verla con detenimiento.

Decidí pues centrarme en las postrimerías de la pintura barroca en la Italia del XVIII. Canaletto por aquí, Canaletto por allá y de repente y como una alucinación, lo que me pareció un anacronismo colosal: ….

¡Una raqueta de tenis con tres pelotas en una obra de Giovanni Battista Tiepolo, considerado el último gran pintor de la era barroca y una de las figuras más importantes del rococó italiano.

Una raqueta de tenis en una obra del siglo XVIII? Y en el que, para más INRI, uno de sus protagonistas desfallece por causa de un… pelotazo… de tenis?

No, no se trataba de ninguna broma ni cámara oculta, tampoco me había tomado ninguna sustancia sospechosa, y por lo que sé Andy Roddick no se había teletransportado al cuadro de maestro italiano.

Extrañado me acerqué al cuadro para verlo con detenimiento. Efectivamente en el mismo se puede ver una raqueta de tenis de madera con su cordaje y lo que parecían ser tres oscuras pelotas del tamaño de la actuales de tenis. Uno de los protagonistas parece que está agonizando de un pelotazo en la cara.

Al unísono, y como en una obra ensayada, una extranjera, que casualmente se había detenido en el mismo cuadro, y servidor nos miramos con cierta extrañeza y con los ojos de quien está haciendo un descubrimiento sin parangón.

Como dos resortes nuestras cabezas se dirigieron al bedel de turno para exigir explicaciones. El mismo que atentamente, y no sin cierta complacencia, nos había estado observando detrás de una columna.

– Ya sé, ya sé lo que me vais a preguntar…. dijo con la mirada fija en el techo, como cansado de que todo el mundo le preguntara lo mismo…

Se trataba de una enorme cuadro de Tiepolo pintado en torno a 1752/53, de casi tres metros de alto que se titulaba La muerte de Jacinto, estando extraído su contenido de Las Metamorfosis de Ovidio, donde se narraba el fatal desenlace de los amores entre el dios Apolo y el mortal Jacinto.

Según el relato clásico, Jacinto murió víctima de su propia torpeza al lanzar, con ímpetu, su disco durante una partida, hiriéndose mortalmente en la cabeza.

En esta obra, el clásico disco que mató a Jacinto fue sustituido por una pelota de tenis. Al parecer por encargo de un aristócrata alemán, amante del arte, el conde Guillermo De Shaumburg-Lippe, que pidió expresamente al pintor veneciano esta versión especial.

Así, vemos en primer término dos pelotas de tenis junto con una raqueta, al lado del héroe. Una tercera bola, que, a juzgar por la posición de los dedos de la mano izquierda, sostenía Jacinto antes del nefasto incidente, se ha deslizado sobre el suelo enlosado terminando su carrera a la izquierda del lienzo.

Para más detalles, parte de una red, medio caída, se entrevé detrás del compacto grupo de espectadores.

Este juego, en su modalidad conocida como Pallacorda, fue muy popular entre la nobleza del siglo XVI y estuvo de moda en la época en que Tiepolo pintó el cuadro. A la transformación que sufre el tema hay que añadir la interpretación que hace el pintor del episodio con un Jacinto semidesnudo en el suelo, dirigiendo su rostro hacia el consternado Apolo y luciendo en su mejilla la herida y el enrojecimiento del pelotazo recibido.

– Vamos a cerrar, señores…!, nos increpó el suodicho bedel mirando con satisfacción la hora en su reloj y aliviado de no tener que dar más explicaciones de la raqueta un día sí y el otro… también.

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