Un encuentro inesperado con Brooke Shield

En julio de 1993 puse rumbo a una de las etapas más felices de mi vida. La que para mí era por aquel entonces el centro del universo mundial: la ciudad de Nueva York!

Allí me esperaba impaciente pero ya aclimatada, mi novia Gloria. (Nos casamos años después en el Ayuntamiento de Nueva York en una boda express previo pago de 20€).

Ella, que había estado compartiendo piso el año anterior con un grupo de amigas serbias e italianas, tuvo la inmensa suerte de realquilar a un griego llamado Peter Doukas, un pequeño apartamento en el décimo piso del 338 de la segunda avenida de Manhattan, en el meollo de los entonces rascacielos más altos del mundo. Nuestro nidito de amor.

Un décimo piso con portero las 24 horas, laundry y unas vistas

espectaculares al Empire State.

Por ahí pasaron en los cuatro años que estuvimos, no sólo la totalidad de mis hermanos, también los de Gloria, amigos, primos, tíos, tías, conocidos….y un largo etcétera que aprovecharon la ocasión para hacer el viaje con pernoctación incluida en un futón japonés que había en el salón.

A veces me despertaba para ir a trabajar, sorteando sacos de dormir esparcidos aleatoriamente por el suelo de nuestro salón. Otras me levantaba a media noche para ir al baño y la puerta estaba cerrada porque había alguien durmiendo en la bañera.

Nuestro apartamento no sólo hizo de motel para el turisteo que venía de España, también fue centro de acogida temporal de aquellas personas, amigas de amigos de nuestros amigos, que recién aterrizaban en la ciudad. Llegamos a tener inquilinas con alcurnia: la hermana del actual presidente del Barça, Joan Laporta (Maite); la niñera de los hijos del golfista Severiano Ballesteros (Montse), entre otras distinguidas personalidades.

Enseguida nos compramos unas bicicletas de segunda mano que no sólo nos servían para movernos por la ciudad, desplazarnos al trabajo, también para ir a la playa los fines de semana de verano en Ocean beach, o hacer pequeñas excursiones en tren a los Hamptons de Long island o a los parques naturales del estado de Nueva York.

Una noche que regresábamos tranquilamente pedaleando desde el Park Slope de Brooklyn y en un momento de distracción mayúscula, mi bicicleta se topó con un adoquín atravesado en el camino, levantándose súbitamente por la rueda de atrás y provocando irremediablemente que me cayera de morros al adoquinado.

El grito de terror que pegó mi novia Gloria cuando me vió lo oyeron en todo el vecindario. Era un auténtico cromo: la nariz aplastada, la cara llena de sangre, el labio partido, heridas en las palmas de las manos con contusiones varias y lo peor de todo, todos los dientes de la boca se movían, bailaban de derecha a izquierda y viceversa como las teclas de un piano.

Entré en pánico; mi futuro pasaba por una dentadura postiza y la compra mensual de un fijador de prótesis dentales (Corega Fijador Universal), y lo peor de todo, las noches las pasaría sin dentadura alguna porque la postiza reposaría en un vaso de agua con (Corega Acción Total) para su limpieza. Gloria no podría soportar la cara de viejo que tendría sin mi dentadura y me abandonaría con cualquier excusa por alguien con mejor aspecto. Mi futuro pintaba negro oscuro.

Rápidamente me llevaron en volandas al NYU Hospital. Allí ya me conocían por las visitas a urgencias de otras ocasiones: dolor de oídos, de garganta, infecciones varias, episodios de fiebre altísima……, mi padre, médico de profesión, decía que mi cuerpo estaba aclimatándose a los virus americanos que, para más INRI, eran mucho más agresivos que los europeos.

Me curaron las heridas lo mejor que pudieron pero en lo relativo a la dentadura se lavaron las manos, mandándome a uno de los mejores dentistas de la ciudad, no tenían nada claro que lo mío tuviera solución.

Casualmente y en un golpe de suerte, el afamado dentista estaba en el listado de ortodoncistas del seguro de mi trabajo en una agencia de publicidad en Grand Central. Otra cosa hubiera sido arruinarme en vida.

Sin perder tiempo la siguiente semana me presenté, previa cita, en la lujosa clínica del dentista que me habían recomendado en el hospital sita en la calle 71 con la tercera avenida.

En honor a la verdad no me fijé en nada ni en nadie. Sólo me senté en la sala de espera con la mirada hacia abajo. No sólo por el insoportable dolor que tenía, había adelgazado casi 3 kg porque lo único que podía comer eran zumos y batidos con pajita, sino porque no soportaba la mirada de lástima de la gente. De hecho llevaba la cara tapada por un pañuelo para que nadie se asustara al verme.

Allí estaba sentada, esperando su turno, lo más granado de la jet newyorquina; una fauna variopinta que iba desde políticos, banqueros, tiburones de Wall street, hasta deportistas famosos, actrices y actores de la costa este. Yo era el más normalito aunque al ir de incógnito con la cara tapada siempre quedaba la incógnita de mi identidad.

Se abrió la puerta corredera y una enfermera latina se asomó a la sala de espera y con dificultad pronunció mi apellido: Mr. Rrruiss.

Me levanté del sofá con dificultad mirando al suelo y con él temblor de quién va al paredón.

De golpe, y en una milésima de segundo, me tropecé con alguien que, también distraído, había salido de la consulta con un algodón en la boca, probablemente debido a una extracción. Nos enredamos, perdimos el equilibrio a cámara lenta y acabamos por los suelos uno encima del otro.

Intentábamos recuperar la verticalidad, pero nos volvíamos a caer porque no teníamos apoyos suficientes debido a que una de nuestras manos estaba ocupada con nuestras respectivas dolencias.

En un momento fugaz, nos cruzamos las miradas. Era una chica joven con unos preciosos ojos que con dificultad me miraba arqueando sus perfiladas cejas. Fue lo único que pude ver, todo lo demás estaba tapado.

La enfermera latina nos ayudó a desenredar la situación, volviendo a colocar a cada uno en su trayectoria previa.

Agarrándome del brazo la enfermera, con actitud nerviosa, me guió a la consulta preguntándome al oído si me había fijado bien en la identidad de chica del incidente.

Obviamente en mi ruinoso estado no estaba, ni mucho menos, para cotilleos de porteras de Chamberí. Estaba agotado, dolorido, temblando por el veredicto del afamado dentista en el que me iba mi dentadura, mi novia, mi existencia.

Luego ya cuando salí de la consulta con un diagnóstico más benévolo del que me había estado imaginando, más optimista y receptivo, la enfermera latina, amiga de salseo dónde las haya, me agarró del brazo y al oído me contó que había tenido el inmenso honor de caerme encima, nada más y nada menos, de…….. (redoble de tambores)…. la actriz Brookeeeeee Shiiiiiiiield !!!!!!, una semana antes de su boda con el tenista Andreeeeea Agaaaaassi!!! Me miró hipnotizada, con cara de expectación y sonrisa de oreja a oreja esperando mi reacción.

Años después sigo soñando recurrentemente, con ese momento mágico, mezcla agridulce de dolor y ensoñación, en la que la guapísima Brooke Shield con una música hawaiana de fondo, y con sus felinos e hipnóticos ojos, me arquea sus perfiladas cejas invitándome a descubrir sin vergüenza alguna, nuestras dentaduras postizas, unidas de por vida con Corega Fijador Universal.

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