Un buen fin de semana fuimos con mi padre a Los Molinos a comer en el restaurante Santoña y al pasar por La Serrana paramos para ver la casa donde él había pasado tantos y tantos veranos.
Impetuoso, enseguida se bajó del coche y se puso a husmear por detrás de la valla buscando la mejor vista del interior del jardín. Mis hijos, todavía pequeños, llegaron un poco más allá e imitando a su abuelo empezaron a subirse a la valla de piedra y a hacer el ganso lo mejor que podían. Detrás estaba Gloria, mi mujer, fuera de sí, y que a pleno pulmón no paraba de gritar que por favor se bajarán in-me-dia-ta-men-te, sin que éstos, capitaneados por su abuelo, hicieran caso alguno. De todas maneras no parecía que en ese momento hubiera nadie.
En ésto llega un coche y se planta justamente en la puerta de casa con la intención de entrar. Eran los dueños que venían de Madrid y por su cara y no parecían muy contentos de que gente extraña, aunque fueran niños, estuvieran encima de la valla revoloteando.
Como siempre, tuve que salir al quite para disculparme y presentar nuestras credenciales.
Con el cornetín en la mano dije: Se hace saber que los aquí presentes somos descendientes de la familia de los antiguos dueños de la propiedad!. Venimos en son de paz! Mi padre, aquí presente, tiene sumo interés en volver a ver la casa donde había pasado tantos veranos! Mis hijos, niños son y ahora mismo los encierro en el coche. DISCÚLPENOS, POR FAVOR!.
El matrimonio de mediana edad, o un poco más, se miraron el uno al otro frotándose los ojos incrédulos pero abiertos a entablar conversaciones diplomáticas.
Ya empezamos en la misma entrada de la casa, y aún con el portón cerrado por la desconfianza que aún nos tenían, a desgranar historias desde tiempos inmemorables de la Serrana, su reforma, la gran familia que eran, las excursiones, los guateques que se oían en todo el vecindario, la cantidad de motos que había, que si el abuelo se iba en verano en la Lube a Madrid a trabajar, que si las tortillas de patata de la abuela, que si los filetes empanados…. imagínese con 10 hijos! ….cuando de repente suelta mi padre:…» bueno y no hay que olvidar la puerta secreta».
Aquí se hizo un silencio abrumador, hasta los pajaritos dejaron de cantar, y donde todos quietos sintonizamos nuestras orejas y rebobinábamos las palabras de mi padre a cámara lenta: ..U-NA PUER-TA SE-CRE-TA EN LA SE-RRA-NA.
Los dueños se miraron entre sí, y sin decirse nada, nos invitaron a tomar una cervecita.
Faltaría más, dijeron.
Vete tú a saber lo que en ese momento se imaginaron qué pudiera haber detrás de la mencionada puerta secreta: Un tesoro!….joyas, oro y cuadros valiosísimos que la familia pudiera haber atesorado desde la época de la reconquista o vete tú a saber cuando. Y además en caso de que estuviera en la casa como todo lo que contenía ya habría pasado de propietario. El tesoro les pertenecía! Merecía la pena pues invitarles a un botellín!
Ya en el interior de casa, porque afuera hacía un frío que cortaba, nos enseñaron la casa que a decir verdad la encontré bastante cambiada tal como yo la recordaba, nos sentamos en el salón a tomar la cervecita y contarnos historias varias sin perder ojo a lo que pudiera hacer o decir mi padre. Pero mi padre no hablaba, no soltaba prenda sobre la famosa puerta secreta.
Sólo miraba.
Cuando el runruneo de la conversación está en su apogeo, en su climax de cotilleo de corrala de Lavapiés, y el efecto de las cervecitas estaban causando la efervescencia deseada, mi padre, ni corto ni perezoso y muy sigilosamente, se levantó de la butaca y pasito a pasito se perdió por el interior de la casa ante la atónita mirada de los que allí estábamos presentes.
Los dueños y el resto de la familia no dudamos en levantarnos súbitamente causando algún derrame de zumos de tomate y alguna que otra patata en la hasta ahora impecable alfombra del salón. Le seguimos a cierta distancia, dejándole cierto espacio para que se orientara en el laberinto de habitaciones y de esta manera no se percatara de nuestra presencia.
Abría una puerta, entraba, palpaba la pared, dejaba los armarios abiertos. Abría otra, pegaba cuatro golpecitos, ponía la oreja pegada en la pared y así por todas y cada uno de los cuartos, baños, salones y ventanas de toda la casa y el jardín…..
…de repente se paró definitivamente se quedó así un ratito, se dio la vuelta y se percató de que una legión de personas le estaba siguiendo en fila india.
Se quedó estupefacto. Saludó a los dueños con una sonrisa de oreja a oreja, y se fue por la misma puerta que había entrado.
Mucho tiempo después al ser preguntado en una comida en casa por la famosa puerta secreta, nos explicó que realmente la puerta era en realidad una ventana por la que mi abuelo Manolo salía cuando cerraba la casa para así evitar robos.
Era entonces cuando nos imaginábamos, no sin cierta sorna, hasta dónde habrían llegado los actuales dueños para encontrar aquella puerta secreta donde la familia guardaba todos aquellos tesoros que habría acumulado a lo largo de la historia desde tiempos de la reconquista.










