Vietnam, una comida con serpientes

En este viaje hay una anécdota que me marcó de por vida y dejó mi autoestima por los suelos:

en una de la etapas del mismo fuimos a parar a una granja de serpientes. Las había de todos los tamaños, colores y condición.

Allí entablamos conversación con un grupo de vietnamitas que se disponían a comer: guiso de serpientes. Todos eran hombres, todos jóvenes y locuaces. Hablar con ellos, no lo hicimos porque no parlaban ni papa de inglés y obviamente nuestros recursos lingüísticos no alcanzaban el idioma del país, que más hubiéramos querido.

En el transcurso del mismo y cuando empezaban a atacar los entremeses, de lo animada que estaba la conversación, por señas, nos invitaron a sentarnos en su mesa.

A pesar de las dificultades nos íbamos entendiendo divinamente. De repente uno de los camareros hizo acto de presencia con dos serpientes gigantes asidas fuertemente con las manos a diestro y siniestro. Sin mediar palabra un compañero suyo sacó una especie de machete y sin pensárselo dos veces las apoyó junto a una piedra y las degolló.

Las cabezas se movían por un lado y el cuerpo por otro. Uno del grupo puso una jarra y empezó a llenarla con la sangre de los ofidios.

La jarra se llenaba poco a poco con el líquido sanguinolento, pleno de burbujillas. Cuando mi desayuno empezaba a trepar poco a poco por mi maltrecho esófago vino la guindilla: el corazón de las serpientes se había caído en la jarra y este no paraba de latir autónomamente. Un, dos, uno, dos, uno, dos… Mis ojos estaban hipnotizados y no daban crédito al nauseabundo espectáculo.

Cerré los párpados para concentrarme en el desayuno que me regurgitaba… cuando al abrirlos noté que todo el mundo había parado de hablar y sus incisivas miradas no paraban de señalarme; me habían puesto un chupito de sangre de serpiente mezclado con licor de arroz y un ingrediente autóctono: el corazón de la serpiente que no paraba de latir: tres, cuatro, tres, cuatro, tres, cuatro…. en el mismo vaso!!!!!! Era mi turno. El protocolo indígena así lo señalaba.

El desayuno me vino a la mente y a la parte alta de mi esófago, mi pulso cardíaco se disparó de repente, mi piel se volvió blanca como lavada con Ariel… yo miraba a los contertulios como pidiendo compasión… pero estos no daban su brazo a torcer. Ya estaba verde jungla.

En vista de los bamboleos que daba y a punto de desmayarme ante tal espectáculo gastronómico, Gloria, mi mujer, acudió en mi ayuda, no si antes apuntarlo en la libreta de favores, deberes y recordatorios matrimoniales; tomó el chupito y, de un trago, se lo ventiló ante el alborozo y delirio de nuestros anfitriones.

El grupo no daba crédito, una mujer había puesto encima de la mesa lo que había que poner, dejando en el más miserable ridículo a su marido: un gil-marín que no había pasado la prueba del algodón vietnamita: «Chupito de sangre alive».

A partir de entonces, y no me voy a explayar en el asunto, se hizo un apretado círculo alrededor de ella de profunda admiración, en el que rápidamente me marginaron, dejándome a un mísero lado.

La santificaron. La querían hacer presidenta honorífica de la granja de serpientes. Gloria for president. Casi me quedé sin asiento.

Sobra decir que no me volvieron a dirigir la palabra durante el resto de la comida. Cosa, que si quieres que te sea sincero, agradecí en el alma, porque si llego a abrir la boca en ese preciso momento ni hubiera sido del todo educado, ni hubiera sido del todo higiénico.

Aunque he de decir que Gloria, mi mujer, en aquella comida con serpientes se sintió en su propio nombre, alcanzó su clímax. Las cosas como son.

Qué le vamos a hacer!

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